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Benjamin Bernheim, la elegancia del tenor francés


Es uno de los tenores más destacados de su generación. A los 34 años se lo disputan los mejores teatros de ópera de Europa y la pasada primavera firmó un contrato con el sello Deutsche Grammophon, que este mes publica el primer disco en solitario del tenor franco-suizo, un retrato de su repertorio como joven tenor lírico y hacia dónde se encamina.

 

Benjamin Bernheim (París, 1985) posee una de las voces de tenor más bellas de su generación, un registro homogéneo y potente, un fraseo y musicalidad exquisitos y una dicción perfecta. Confiesa el tenor franco-suizo que cantar iba contra su propia naturaleza de tímido, pero que el estudio del canto le permitió superar la timidez y enamorarse con solo 11 años de la ópera desde el mismo escenario de un coliseo lírico, el Grand Théâtre de Ginebra, participando en una función de Cavalleria rusticana y Pagliacci como miembro del coro de niños. Tras pasar por el Conservatorio de Lausana y por el Opera Studio de la Opernhaus de Zúrich –de cuya compañía formó parte–, ha iniciado una sólida carrera internacional que le ha llevado a cantar en los mejores teatros de ópera europeos. La pasada primavera firmó un contrato con Deutsche Grammophon y este mes publica con el sello amarillo su primer disco en solitario (ver crítica en página 20), un selecto ramillete de arias de ópera italianas y francesas que interpreta acompañado por la Prague Philharmonia bajo la dirección de Emmanuel Villaume y que muestran quién es actualmente como cantante y hacia dónde va. En su debut discográfico, “grabado con un sello importante como es Deutsche Grammophon”, según afirma a ÓPERA ACTUAL, “creo que aparece en un momento muy particular en mi carrera en la que estoy preparado para dar un paso adelante en el mundo de la ópera. El disco incluye arias de ópera francesa y algunas de las más populares del repertorio italiano, como “Una furtiva lagrima”de L’elisir d’amore, “De’ miei bollenti spiriti” de La Traviata o “Che gelida manina” de La Bohème”.

© Lyric Opera Chicago / Cory WEAVER

Benjamin Bernheim en el ‘Faust’ de la Lyric Opera de Chicago

ÓPERA ACTUAL: ¿Tiene algún significado la elección de las obras?

Benjamin BERNHEIM: La piezas del disco muestran de dónde vengo, dónde estoy actualmente, cantando roles líricos, y hacia dónde me dirijo, porque incluye arias de óperas que todavía no he cantado en el escenario, como La damna­tion de Faust, Werther o Luisa Miller, pero que cantaré en el futuro. Son arias que me permiten mostrar los colores de mi voz, en el punto del repertorio en que me encuentro actualmente, el típico repertorio de tenor lírico joven y lo que significa cuando hablo de elegancia de la línea y del sonido, en especial en el repertorio francés.

Ó. A: ¿Está preparando el debut escénico de algunos de los roles que canta en el disco pero que todavía no ha interpretado en escena?

B.B.: Este noviembre debuto el Duca di Mantova de Rigoletto en la Bayerische Staatsoper, la próxima temporada cantaré mi primer Roméo del Roméo et Juliette de Gounod, y también mi primera Damnation de Faust. Dentro de dos años debutaré el personaje de Hoffmann. Faust de Gounod y Manon de Massenet son óperas que canto actualmente, dos títulos que están en el centro de mi repertorio de joven tenor lírico.

Ó. A.: Su carrera está en ascenso, canta en algunos de los mejores teatros de ópera de Europa, ¿siente un exceso de presión por su juventud?

B.B.: He sentido presión de diferentes tipos. La de debutar un papel en un teatro importante o la de cantar mi primer papel como profesional, que fue en la Opernhaus de Zúrich, el mensajero de Aida; era muy joven y fue muy estresante. La presión de la primera vez que canté Tamino de La flauta mágicaen la Dresden Seperoper o Nemorino de L’elisir d’amore en la Wiener Staatsoper con poquísimos ensayos. Tuve que aprender pronto a manejar la presión de no tener ensayos con la orquesta, de no tener ensayos en el escenario y de tener que estar preparado para cantar el personaje.

Ó. A: ¿Por qué empezó a estudiar canto?

B.B.: Ser cantante de ópera es algo que iba contra mi naturaleza. De pequeño era un niño muy alegre pero también muy tímido, no quería cantar en público, ni hablar delante de demasiada gente. Era muy reservado, pero cuando empecé a estudiar canto desarrollé una suerte de autoprotección y me empezó a gustar estar en el escenario; cantar me permitió desarrollar mis defensas para poder estar seguro y confortable en escena, no en el sentido de fácil, pero sí en el de estar a salvo.

Ó. A: Usted completó su aprendizaje en el Opera Studio de la Opernhaus de Zúrich, ¿qué ventajas tiene como aprendiz de cantante trabajar en un taller de perfeccionamiento como ese?

B.B.: Para un joven cantante, un opera studio tiene muchas ventajas. Para mí fue perfecto, estuve solo un año, pero me permitió seguir estudiando, aprender y subir al escenario para cantar con grandes cantantes. En todo caso, creo que depende de cada uno. Hay quien entra muy joven en un opera studio y el problema para ellos es sobrevivir, porque es extremadamente duro. Hasta los 30 años tienes un potencial como cantante, entre los 30 y los 35 todavía eres joven, luego llega la confirmación del talento, del trabajo. Para muchos jóvenes cantantes, un opera studio significa poder acceder a una compañía, para otros, es una oportunidad para aprender, pero para los más jóvenes es importante que lo dejen cuando sientan que no es bueno para ellos y crean que están perdiendo el tiempo. Lo importante es que cuando estés en el escenario nunca pierdas el tiempo. No es lo mismo cantar un pequeño papel cuando tienes 23 años que hacerlo cuando tienes 30, son perspectivas diferentes.

© Royal Opera House

El tenor como Rodolfo en ‘La Bohème’ en el Covent Garden

Ó. A: ¿Cómo fueron sus inicios profesionales como cantante?

B.B.: Mi debut en la ópera fue cuando entré en la compañía de la Opernhaus de Zúrich, tenía unos 25 años y tuve mi primera experiencia con una agencia artística por recomendación de Alexander Pereira. Es muy importante la elección del agente y saber cómo trabaja. Empecé con una agencia de Múnich y en los años siguientes he cambiado de agente en tres ocasiones. Elegir tu agencia es muy importante para un cantante. Desgraciadamente cuando eres joven es muy difícil saber qué dirección tomar y cómo se desarrollará tu voz. El primer año que tuve agente me proporcionó algunos pequeños papeles y otros mayores, pero cuando estás ligado a una compañía es más complicado, porque el agente no puede buscarte trabajo en otros teatros ya que tienes un contrato y un salario fijo. Cuando dejé hace cinco años la compañía de Zúrich mi primer agente me proporcionó mis primeros contratos para cantar en la Deutsche Opera de Berlín y en el Teatro alla Scala de Milán.

Ó. A: ¿Cómo eligió sus primeros papeles para no cometer errores?

B.B.: Desarrollar una carrera es aceptar que cometerás errores. A veces cantas papeles que no siempre son apropiados para tu voz y eso es parte del aprendizaje para elegir los papeles adecuados. He cantado roles pequeños y otros mayores que han sido duros para mi voz y he aprendido lo que mi voz puede o no cantar en un escenario. Y es importante saber que si te ofrecen una ópera que no es fácil y no siempre es adecuada para tu voz es una oportunidad para aprender.

Ó. A: Su repertorio se centra en papeles románticos de óperas italianas y francesas. ¿Cómo de importante es para usted el repertorio francés?

B.B.: Actualmente es el centro de mi repertorio, aunque también canto Rodolfo, Alfredo o Lensky, que son papeles muy importantes para mí, tanto como Nemorino y el Duca di Mantova. El mío es un repertorio lírico al que siempre trato de aportar algo nuevo, colores diferentes en la voz. Siempre busco, nunca me conformo, pero donde creo que puedo aportar algo especial y que debo defender es en el repertorio francés, en personajes como Faust, Roméo o Des Grieux. Para mí es vital trabajar la elegancia del sonido, de la línea, de canto, porque forma parte de la antigua tradición del canto francés que es importante devolver a los escenarios.

Ó. A.: ¿Cree que el repertorio francés, al margen de Carmen, debería ser reivindicado?

B.B.: El repertorio francés no necesita ser reivindicado, pero sí necesita ser cantado en el escenario con el mismo respeto con el que se canta el repertorio alemán, italiano o ruso. Cuando se canta en italiano se hace con la prosodia italiana, igual que sucede con el repertorio alemán, pero a veces tengo la sensación de que con el repertorio francés eso no ocurre. Para muchos cantantes el francés es muy complicado de cantar, para buscar los sonidos. Hay que trabajar para poder dominar lo compleja que es la lengua francesa, tanto como la rusa o la italiana. Todos los cantantes, sean de la nacionalidad que sean y la lengua que hablen, debemos trabajar el repertorio francés de la manera adecuada, con respeto a la lengua y a los compositores que escribieron las óperas.

Ó. A.: ¿Le interesa el repertorio alemán o en el contemporáneo?

B.B.: El problema con el repertorio alemán es que no hay una equivalencia con la tipología vocal de lo que canto. En mi repertorio están de Faust a Lensky o Nemorino, todos roles con una tesitura que se da frecuentemente en el repertorio francés, italiano y ruso, pero no en el alemán. Los papeles para tenores jóvenes en alemán son Belmonte de El rapto del serrallo y Tamino de La flauta mágica, y hay que dar un salto hasta Richard Strauss y el Narraboth de Salome. Con los años acabaré cantado Wagner y algunos papeles pesados como el Max de Der Freischütz, porque forman parte del repertorio y es importante que los cante, pero no formarán el grueso de lo que interpreto. Estoy interesado en la ópera en alemán, pero también tengo la oportunidad de cantar obras de Britten, como A Midsummer Night’s Dream o Serenade, una delicada pieza para tenor, trompa y cuerdas. Estoy interesado en la música vocal contemporánea pero debe respetar la voz y poderse cantar de manera correcta.

© D.G. / Christoph KOESTLIN

El tenor en una foto promocional del nuevo CD con Deutsche Grammophon

Ó. A.: ¿Cómo cree que evolucionará su voz?

B.B.: Por ahora disfruto cantando el repertorio de joven tenor lírico, porque es en el que puedo mostrar todos los colores de mi voz. Me queda todavía mucho repertorio por explorar, pero mi voz evolucionará en los próximos cinco, seis o siete años con roles como Hoffmann, el Edgardo de Lucia di Lammermoory quizá en una década pueda cantar el Max de Der Freischütz, el Cavaradossi de Tosca o el Don José de Carmen.

Ó. A.: Ha participado en tanto en producciones operísticas tradicionales como también en propuestas escénicas modernas, ¿en cuáles se siete más cómodo?

B.B.: La parte teatral de la ópera es actualmente muy importante. Maria Callas era extremadamente consciente de ello y de que debía ser algo más que una cantante, debía ser una cantante completa. Los de las nuevas generaciones, como la mía, somos conscientes de que debemos ser cantantes, muy buenos, estables, extremadamente flexibles y aceptar las ideas de los directores artísticos de los teatros y de los directores de escena; ideas no siempre fáciles de ejecutar, pero hay que ser flexible y tener una mentalidad abierta. Este septiembre y octubre he cantado en la Opéra de París una Traviata moderna, con muchos vídeos, con nuevas ideas, que ha funcionado muy bien, porque el director de escena respetaba las identidades vocales de todos los cantantes tanto como la obra. Muchos directores de escena hacen cosas nuevas que a veces son difíciles y que no funcionan, pero a veces sí que funcionan y eso es lo que importa. Por otra parte, es un placer cantar producciones clásicas como las de L’elisir d’amore de Otto Schenk o La Bohème de Franco Zeffirelli en la Wiener Staatsoper o La Traviata de Liliana Cavani en el Teatro alla Scala de Milán, porque son parte de una gran tradición de la edad de oro de la ópera, pero el mundo de la lírica ha evolucionado y debemos abrir las puertas de los teatros a las nuevas generaciones y defender que las nuevas ideas lleguen al escenario.

Ó. A.: ¿Cómo prepara los nuevos roles que incluye en el repertorio?

B.B.: Empiezo escuchando diferentes versiones, ya sean de Luciano Pavarotti, Alfredo Kraus o Plácido Domingo. Cada uno de estos cantantes aporta nuevos colores en su interpretación, aspecto que me interesa mucho, y luego trabajo la parte musical con una coach de la Opernhaus de Zúrich, Carrie Ann Matheson.

Ó. A.: ¿Pide también consejo a colegas con más experiencia que usted o a maestros de canto cuando prepara nuevos papeles?

B.B.: A veces he consultado a cantantes de generaciones anteriores a la mía, como Plácido Domingo, Carlo Bergonzi o Roberto Alagna, que es un gran ejemplo para mí, en especial en el repertorio francés. Es interesante ver que tenemos perspectivas diferentes de cómo abordar un mismo rol. Y muchas veces trabajo solo, porque la del cantante de ópera es una vida bastante solitaria. Estamos solos con nuestra voz y nuestra conciencia, y debemos desarrollar nuestras ideas en solitario.

Ó. A.: ¿Cuál es el rol con que se siente más a gusto?

B.B.: Me encanta cantar el personaje de Rodolfo de La Bohème, porque me permite mostrar todos los colores de mi voz, aunque para mí no es un rol confortable, sino muy difícil, desde el principio al fin. Debes tener diferentes voces; el tercer acto es verismo puro y el primero y el segundo son diferentes. Y Des Grieux de Manon de Massenet, que no diría que sea un papel confortable, pero siento que ha sido escrito para mi voz, que se ajusta como un guante a mis posibilidades. Es fantástico, pero representa un reto. Es duro y a la vez un gran placer cantar estos roles, porque me permiten proyectar diferentes colores de la voz.

Ó. A.: ¿Tiene algún tenor favorito?

B.B.: Plácido Domingo es el tenor que más alegrías me ha dado. Me gusta escuchar a Carlo Bergonzi y a Alfredo Kraus. Luciano Pavarotti es el que más me conmueve, es un monstruo, una leyenda. En el repertorio francés, Georges Thill y, principalmente, a Roberto Alagna, que es increíble.

Ó. A.: ¿Qué es lo que más le gusta de la ópera?

B.B.: Tener la capacidad de poder conmover al público, de hacerlo volar y de que se olvide de los problemas de la vida cotidiana. Lo mejor de subir a un escenario es que puedes hacer que la gente abra su imaginación con las nuevas producciones; algunas son difíciles de entender, pero otras te permiten soñar y hacer soñar, y esto es un deber en un teatro de ópera. ÓA

Años de aprendizaje

Benjamin Bernheim nació en París pero creció en Ginebra, adonde se había trasladado su familia. De pequeño fue un niño muy alegre, pero también muy reservado. No quería cantar delante de la gente ni hablar si había muchas personas delante. Sin embargo, la ópera cambió todo ello. Perteneciente a una familia con tradición musical, sus padres proyectaron en él su propio deseo de ser músicos. A los cuatro años le llevaron a estudiar violín y a los cinco piano, pero sin demasiado éxito, aunque su pertenencia al coro infantil del Conservatorio Popular de Música, Danza y Teatro le permitió a los 11 años pisar por primera vez un escenario en unas funciones de Cavalleria rusticana y Pagliacci. Lo suyo con el escenario fue un flechazo y cuando tenía 16 años su madre le dio las primeras lecciones de canto hasta que a los 18 años entró en el Conservatorio de Lausana para estudiar con Gary Magby. “Fue un periodo muy importante para mí intelectual y musicalmente, porque me permitió pensar en mi repertorio, en la técnica. Los 18 años fueron el principio de mi vida musical”, afirma el tenor. Cuando tenía 23 entró en el Opera Studio de la Opernhaus de Zúrich y un año después ingresó ya en la compañía del teatro donde permaneció hasta cumplidos los 29 años. A los 20 ya se había fogueado en escena cantando en el coro de la Ópera de Lausana. “Canté en muchas producciones y aprendí mucho viendo a los solistas, compartiendo con ellos el escenario, y eso me permitió hacer algunos pequeños papeles, como el Gastone de La Traviata a finales en de 2008, que fue el primer papel que canté, con Saimir Pirgu como Alfredo, y a quien pedí consejo y algunas lecciones”, recuerdo Bernheim. “En mis años en la compañía de Zúrich tuve la oportunidad de estar en el escenario cerca de grandísimos cantantes, como Vittorio Grigolo, Jonas Kaufmann, Piotr Beczala, Thomas Hampson, Cecilia Bartoli, Isabel Rey o Leo Nucci. Todos fueron muy importantes para mí. Cantaba pequeños papeles, fue un tiempo de aprendizaje, de tener paciencia y de aprender mucho cantando junto a estos grandes intérpretes”.  ÓA

 

Refinamiento francés

© Deutsche Grammophon

Portada del CD de Benjamin Bernheim para Deutsche Grammophon

El álbum de debut del tenor francés Benjamin Bernheim es toda una tarjeta de presentación para quienes aún no le conozcan, y un serio aviso a navegantes. “Estos son los personajes que haré míos”, parece decir. En algunos, caso del Duque de Mantua, se estrena este mismo mes. De otros, como Alfredo o Rodolfo, la conquista ya ha comenzado. Todo a la espera de Werther. Precisamente, el aria elegida para descorchar el disco. En un momento extremadamente complicado para la industria discográfica, el imperio Deutsche Grammophon ha puesto toda su maquinaria a funcionar para el lanzamiento estelar de Bernheim. Frente al dominio de las voces femeninas, este tenor reclama protagonismo y expone sus razones, en una exquisita producción que no resta un ápice de emoción a sus interpretaciones en vivo. De las 22 piezas que componen el disco, diez son de ópera francesa. Solo con ellas ya habría sido más que suficiente para firmar un trabajo sobresaliente. El resto (Puccini, Verdi, Donizetti y un elegantísimo y pleno de sentimiento “Kuda, kuda, vi udalilis”, de Evgeni Onegin de Chaikovsky) sirven para redoblar la apuesta. Es de agradecer el trabajo de rescatar, para el gran público, la obra de Benjamin Godard Dante et Béatrice. Una elección de lucimiento que habría merecido mayor explicación en cuadernillo del cedé, que incluye los textos de todas las arias en su idioma y en alemán e inglés. En un canto refinado y con personalidad propia, pianísimos y medias voces conquistan el oído tanto como los pasajes de mayor intensidad. Ligerísimas fluctuaciones en las notas más extremas no restan valor en un intérprete de registro homogéneo, con un sonido redondo y limpio y un timbre carnoso. A destacar también el trabajo de la Orquesta Prague Philarmonia, comandada por Emmanuel Villaume. Exprimiendo el hecho de cantar en su lengua materna, Bernheim juega con las palabras y las dinámicas para, siendo fiel a la partitura, lograr al mismo tiempo hacer parecer como nuevas arias de repertorio con un canto franco y noble. Roméo y el joven poeta de Massenet cuentan un nuevo defensor de sus penurias. * Pablo GALLEGO